Sección: Tips

Que el pasado no te atormente

Viernes, 5 de Enero de 2018 08:13
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¿Por qué dije eso? ¡Qué torpe decisión tomé! ¡No debí aceptar esa invitación! Debí dedicarle más tiempo. Frases y afirmaciones como estas nos atormentan frecuentemente, cuando nos damos cuenta de haber cometido algún error con nuestras acciones o decisiones, y quisiéramos anularlo. Sin embargo, el pasado es irreversible, es imposible hacerlo volver para llenarlo de enmiendas.

Las decisiones que tomamos o los hechos que ocasionamos, para favor o en contra de nuestra satisfacción, fueron actos que, en su momento, creímos correctos. Les dimos cabida en circunstancias en las que la razón fue sometida por la pasión y ahora afectan nuestra paz interior.

Cuando nuestra mente emocional actúa más que la racional, nos orilla a tomar decisiones precipitadas y equivocadas, colmadas quizá de muchos sentimientos, pero de poca racionalidad.

Sufrimos y nos martirizamos por haber dicho o haber hecho algo que no debimos, se nos va el sueño queriendo enmudecer la palabra que dijimos, o borrar el pasado. Quisiéramos regresar el rollo para corregir cierta parte de la película de nuestra vida, cambiar a ciertos “actores” y cortar escenas que trastocan nuestra tranquilidad.

Las decisiones que tomamos nos afectan para bien o para mal, en un instante podemos modificar radicalmente los acontecimientos, por efecto de una decisión.

Recuerdo haber oído en una película esta frase:

No son tus habilidades las que definen lo que eres, son tus decisiones.

Nuestra inteligencia y nuestras habilidades influyen en nuestra forma de ser, pero nuestras decisiones nos impactan de diversas formas, positivas y negativas. Una decisión bien tomada nos llena de satisfacción, una mala decisión nos angustia, nos preocupa y nos desalienta, a menos que tengamos muy bien cimbrado el hábito de controlar nuestros sentimientos.

Sea cual fuere el resultado, es mejor tomar decisiones que dejarnos llevar por la corriente. En cuanto a los errores por una mala decisión, muchas veces los hacemos más grandes de lo que son y les damos más importancia de la que tienen.

Permíteme recomendarte una técnica que he aplicado durante los últimos años para que el pasado no te atormente.

Solo debes plantearte una pregunta simple para que el pasado no te agobie o para que te ayude a tener menos consecuencias a futuro. La pregunta es: ¿qué aprendí? Sí. ¿Qué aprendiste con esa experiencia? ¿Qué te dejó haber dicho o haber hecho lo que no debiste? Pregúntate qué recibiste a cambio del tiempo que no dedicaste a tu familia, a esa persona que tanto vale para ti, o a determinada actividad.

¿Cuál será el aprendizaje, por ejemplo, de quien tuvo una infancia difícil, plagada de violencia física o verbal y/o ese otro tipo de agresividad que tanto daño hace: la indiferencia, terribles extremos de la agresión? Mucho tiene que haber aprendido en carne propia para hacerse una persona de bien, para normar sus actos y para tomar decisiones sabias y oportunas. Es decir, tratar de no cometer los errores que con él cometieron.

¿Qué aprendemos de los errores cometidos? Cuando menos, aprendemos a tratar de no tropezarnos con la misma piedra, a no repetir las mismas fallas, a no caer en los mismos abismos, a no heredar nuestros propios pecados. Es frecuente que un hijo que sufrió golpes de sus padres, tienda a ser un padre golpeador; o, si sus padres lo trataron con indiferencia, se convertirá en un marido y un padre apático.

Cuando trates de encontrar algo que te ayude a superar los errores cometidos, pregúntate: ¿qué aprendí? Afronta y analiza las consecuencias de esos actos, los problemas que te causaron, la tranquilidad que te robaron, y adopta las medidas para no volver a cometerlos.

La vida es un cúmulo de aprendizajes, recíbelos, aprovéchalos. ¿Aprendiste algo? ¡Ganaste algo!

Edición: Eduardo Luna

Grupo Radiza Chihuahua


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